Libros
Ni un día sin lectura
Por
Narcís Fernández Rubio
Última actualización 30/06/2009@21:07:26 GMT+1
• No, con estas “Noches blancas” no voy a remitirme al célebre y curioso relato de Dostoievski, sino al programa literario que (eso sí, tomando prestado el oportuno título del autor ruso), a eso de la una de la madrugada, conduce los lunes Fernando Sánchez Dragó en Telemadrid. Para los menos noctámbulos, dicho programa se emite también los sábados por el canal satélite de Telemadrid a las 8,15 h y a las 17,55 h, de modo que si uno se lo pierde en los pertinentes día y hora del lunes que ha sido programado, aún dispone de más oportunidades para paliar tal desgracia. Porque aunque “Las noches blancas”, debido a la temática o al invitado que nos proponga Dragó en cada función, no siempre pueda suscitarnos el mismo interés, constituye una lamentable omisión pasar por alto cada emisión. Es un programa para no perdérselo.
• Para los lectores empedernidos, la avidez de lecturas implica que ésta sea alimentada continuamente. Se hace imprescindible, por tanto, recibir información sobre las novedades que se pueden leer y encontrar en las librerías. Y lo que es casi tan imprescindible como las novedades: recibir llamadas de atención sobre libros y autores que quizá no representen una novedad, pero que tenemos arrinconados en una esquina polvorienta de nuestra memoria y que un oportuno chasquido de prestidigitador nos los devuelva a un primer plano. El programa de Sánchez Dragó, muchas noches, ha representado para mí (y supongo que para otros muchos miles de seguidores) ese chasquido mágico.
• La puesta en escena del programa, todo sea dicho, nos transporta ya a un clima que tiene más que ver con el escenario sobre el que un mago saca conejos blancos de una chistera que al púlpito árido desde el que un serio conferenciante perora sobre literatura, provocando que en la sala se aburran hasta los caracoles. Nada de eso: sentado frente a un atril que por lo general queda oculto por libros con las portadas vueltas hacia la cámara, Dragó preside una tribuna rodeado por “tribunos” que, a veces con un relativo desorden en las intervenciones, intervienen con sus opiniones y sus aportaciones datológicas desarrollando el tema literario (o no, al menos explícitamente) de la noche. Dicho desarrollo, por cierto, puede a veces enroscarse y desenroscarse por vericuetos imprevistos, sorprendentes y siempre enriquecedores. Cuando esto ocurre, los programas (para mi percepción) alcanzan cotas de impagables goces. También puede ocurrir, claro, que el invitado sea un autor en concreto, y aquí es donde los programas pueden decaer en ocasiones, dependiendo de la calidad del invitado. Pero la grisura no es frecuente, y las expectativas de lo que pueden dar de sí un coloquio entre Sánchez Dragó y un Arrabal o un Álvaro Pombo o un Antonio Escohotado se ven casi siempre rebosadas.
• La función nocturna se ameniza con campanillas para que tribunos e invitados las hagan tintinear cada vez que alguien comete alguna incorrección al hablar, lo cual tampoco es nada frecuente: la orquestada informalidad de los coloquios reposa sobre tertulianos de probada competencia. Frente a éstos, en el centro del escenario, un amplio cajón de madera sirve para se arrojen en él libros execrables, lo cual resulta tentador dada la dudosa calidad de bastantes títulos que se publican hoy. Pero que alguien arroje un libro en ese averno resulta un raro acontecimiento: como en el capítulo del Quijote donde se produce la quema de libros, a todo aquel que le apasiona la lectura siempre se le ocurrirán más motivos para salvar libros que para arrojarlos al fuego. Y en “Las noches blancas” la pasión por la literatura y todo cuanto la rodea es el conejo que en este programa mágico y magnífico sale siempre de la chistera de Sánchez Dragó y sus tertulianos.
• Lo peor del programa, que como todo lo que apunta a la genialidad algún desajuste tenía que tener, es la cabecera. Sosa y desconcertante, además de más bien tosca (todo ello bajo mi gusto, quede claro), uno pierde la paciencia durante los pocos segundos que debe sufrirla. Eso sí, termina y aparece en pantalla Dragó sentado tras su atril y un revoltillo de libros... y uno sabe que lo que viene a continuación será de lo más suculento. ¿Quién puede perdérselo?