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NI UN DÍA SIN LECTURA

Eleanor Roosevelt muestra la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Por Narcís Fernández Rubio
Última actualización 17/05/2009@19:34:23 GMT+1
• ¿Qué tienen en común la película y novela de ciencia ficción “2001: una odisea del espacio”, la escritora Simone de Beauvoir y la Declaración Universal de los Derechos Humanos promulgada por la ONU en 1948? De entrada, que el año 2008 que hemos dejado atrás nos ha brindado la oportunidad de reavivarlos.

• La película “2001: una odisea del espacio”, todo un hito en la historia del cine y muy superior a la novela, se estrenó hace justamente 40 años. Aunque hoy ni haya colonias en la Luna ni sea realizable un viaje tripulado a Júpiter, el film no ha perdido vigencia. Aparte de la inolvidable secuencia en la que naves espaciales efectúan movimientos mecidas por un vals, la película contiene la elipsis más grande de la historia del cine: ni más ni menos que un salto desde los albores de la humanidad hasta el año 2001, fecha que marca el inicio de un nuevo milenio y que, en el año de su estreno (1968), todavía significaba el futuro.

• Este futuro es, hoy, ya pretérito. Pero si la película se sigue viendo con interés es porque el tema que plantea nunca perderá vigencia. Plantea, ni más ni menos, las tres grandes preguntas que se ha hecho siempre la humanidad: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Por supuesto, tan sólo las plantea. Y es que no se conocen las respuestas.

• Si el calado filosófico de la película de Stanley Kubrick no ha perdido vigencia, lo mismo cabría decir de la obra de la escritora Simone de Beauvoir (1908-1986), de la que en el año 2008 se cumplieron los cien años de su nacimiento. Aunque profundamente vinculada al existencialismo, lo cierto es que resulta raro encontrar su nombre en los manuales de filosofía. Ciertamente, no brilló en este campo como brillara su eterna pareja Jean Paul Sartre. La sombra que, de algún modo, proyectó Sartre sobre ella, sin embargo no merma su legado. Autora de excelentes novelas (a destacar “Los mandarines”) y de una serie de memorias que constituyen estimulantes lecturas (“Memorias de una joven formal”, “La plenitud de la vida”), a ella se deben también lúcidos ensayos como “La vejez” o, en especial, “El segundo sexo”, sin duda una piedra angular del feminismo y el ensayo más importante sobre el tema escrito en el siglo XX.

• Pero vayamos al existencialismo... Simone de Beauvoir, en línea con esta corriente filosófica, escribió en su ensayo Por una moral de la ambigüedad: “Para el hombre, existir significa remodelar la existencia. Vivir es la voluntad de vivir.” Estas palabras contienen una buena dosis de optimismo, de acción. Casan bien con el existencialismo, pero no conviene pasar por alto que éste contenía muchos elementos de hondo pesimismo.

• Leyendo a los existencialistas, frecuentemente he tenido la impresión de que la “náusea” de Sartre o la definición del ser humano que hacía Heidegger como “ser-para-la-muerte” resultan conclusiones que llegan tras párrafos abstrusos. Dicho en plata, y aun a riesgo de parecer simplista, el mensaje podría resumirse en que la existencia no es nada fácil y que nadie está contento con su “ser-en-el mundo” (como lo expresaría un existencialista) o con su suerte (que es como se expresa cualquiera coloquialmente). Que de ahí el existencialismo dé un salto hacia la metafísica, pues muy bien, pero en la raíz se encuentra un hecho real y tangible: la “náusea” (ésta experimentable por cualquiera) que nos produce un mundo injusto y, en consecuencia, poco adecuado para una existencia plena.

• Con la intención de mejorar las condiciones de existencia, precisamente la ONU redactó en 1948 la “Declaración Universal de los Derechos Humanos.” Hace exactamente 60 años. No se trata de un texto obligatorio para los países, y su incumplimiento resulta notorio. Pero ha sido la base de algunos logros en el derecho internacional. Ciertamente, uno no tiene más derechos reales que los que le otorgan las leyes, pero constituye una válvula de esperanza relativamente plausible que la Declaración esté ahí y que lo esté para todos y todas. Por cierto, la lectura de sus artículos resulta de lo más simple: basta con buscarla en Internet, un medio de comunicación que tiene mucho que ver con la globalización... pero también con la comunicación entre todos nosotros.
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