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Libros

Alianza Editorial Precio: 40 euros

Por Narcís Fernández Rubio
Última actualización 30/06/2008@18:03:06 GMT+1
• Las corrientes antitaurinas hacen que estos tiempos aparenten ser poco propicios para las corridas de toros. Lo cierto, sin embargo, es que las plazas siguen llenando. Las corridas de toros, innegablemente, suscitan fervor. Es un hecho. Como lo es también que a las generaciones de toreros que van quedando atrás les suceden otras nuevas. Ayer como hoy y a pesar de las pujantes corrientes detractoras, la savia que corre por esa gente tan singular que son los toreros se renueva continuamente. Si hay corridas de toros es porque hay toreros. Los ha habido, los hay hoy y los habrá en el futuro.

•••El libro “De Manolete a José Tomás”, de Carlos Abella, no puede tener un título mejor y más explícito para declarar sus intenciones. Mediante la mención de los nombres de dos toreros concretos que son referencia insoslayable tanto para el aficionado como para el ajeno al mundo de los toros, ensarta dos rotundos mojones en un período que abarca décadas. Y para disipar cualquier posible duda, tenemos el subtítulo: “Historia del toreo en España y México desde 1939 hasta nuestros días.” Más claro, imposible. Aquí se va a hablar del toreo. Y, sobre todo, se va hablar de sus figuras. Aquí se va hablar de toreros.

•••Y setecientas páginas, que son las que tiene el libro, además a doble columna, dan para hablar mucho y de muchos. De hecho, no se echa en falta a ninguna figura del toreo. Enmarcados entre los incuestionables Manolete y José Tomás, brillan por derecho propio, y por consiguiente con la extensión de texto apropiada, Dominguín, Ordóñez, Curro Vázquez o César Rincón, sin olvinarnos de “El Cordobés” o incluso de “Jesulín de Ubrique”. Y, por ejemlo, es un goce para el aficionado reencontrarse en un texto de estilo directo, sin florituras innecesarias, con la figura de Dámaso González y el recuerdo de la faena inolvidable que realizó en el San Isidro de 1993, sometiendo a un toro imposible. Quien vio aquello, como es el caso de quien suscribe estas líneas, entiende que el público prorrumpiera en un respetuoso y entregado “¡Torero!”. Quien no lo vio, este libro le permite conocer con detalle la trayectoria y el buen oficio de Dámaso González, para muchos (incluido el firmante de este artículo) el arquetipo del auténtico matador.

•••Asoman y brillan muchos más toreros en este completísimo y muy ameno compendio taurino. Ya se ha dicho más arriba: aquí no falta nadie. Si me he extendido en la figura de Dámaso González en concreto lo he hecho porque en su estilo, y a mis ojos, se evidenciaba de una forma clarísima una característica esencial del toreo y de todo cuanto rodea a la lidia. Resulta sencillo enunciarlo: en los toros, a diferencia de otros espectáculos, no hay trampa ni cartón. Lo que es, es. Todo es de verdad. Incluida la sangre y la acechante sombra de la tragedia.

•••Se podrá estar a favor o se podrá estar en contra del espectáculo taurino. A decir verdad, resulta verdaderamente sorprendente que “con permiso de la autoridad” se permita que un hombre se plante delante de una bestia de casi 600 kilos y ponga en riesgo su integridad, algo que ni las leyes ni las autoridades permitirían en circunstancias normales. Pero en las de una corrida de toros, por lo visto esta extraña situación de peligro consentido sólo se evitaría “si el tiempo no lo impide”. Y aun así, hay plazas cubiertas.

••• Lo que sucede en primer lugar es que una mole de piel negra embiste con la cornamenta por delante contra un hombre que sortea la embestida con su capote y vuelve a llamar a la bestia para volver a sortearla una y otra vez durante unos pocos segundos, si la suerte está de su parte y la bravura de la bestia es la adecuada. Esta visión, extraña en sí misma, podrá constituir para unos un espectáculo incomprensible, incluso aberrante. Para otros, por el contrario, es el inicio de algo lleno de emociones. Pero tanto para unos como para otros, la pura verdad es que tal visión debe resultarles forzosamente fascinante. Es imposible que sea de otro modo.

•••Lo que es imposible, también, es que unos y otros puedan establecer algún diálogo positivo. Tanto los detractores de las corridas como los que están a favor tienen, respectivamente, muchos y muy razonados argumentos para defender su respectiva postura. Pero los unos nunca tendrán buenos oídos para escuchar a los otros. Y viceversa. Esto es así porque, curiosamente, en los temas importantes los humanos no solemos atender a la razón. Por lo general, los argumentos de la razón sólo sirven para quien posee un convencimiento previo. En lugar de guiarnos por ideas, nos dejamos guiar por creencias. Y el tema de los toros no iba a ser la excepción.

•••Más arriba se ha afirmado que del mismo modo que ha habido toreros en el pasado y los hay hoy, también los habrá en el futuro. Es un hecho, al menos en un futuro inmediato. No me atrevo a hacer cábalas sobre un futuro muy lejano, pero existe una expresión que todos entendemos y que, seamos aficionados a los toros o detractores de las corridas, todos hemos empleado alguna vez en nuestra vida. Todos hemos dicho alguna vez “¡Torero!” para elogiar a alguien. Y sabíamos perfectamente lo que estábamos diciendo. Sería una pérdida irreparable que tal expresión perdiera su sentido porque dejaran de existir toreros...
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