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UN CUENTO PARA TUS PEQUES
Última actualización 02/06/2011@20:59:38 GMT+1
Había una vez un pequeño país gobernado por un rey gordo y bonachón y una reina flaca y malvada, tan malvada que no permitía siquiera que los habitantes del país descansaran los domingos.
– ¡Nada de fiestas! –ordenaba siempre la reina–. No quiero que se deje de trabajar ni un solo día.
El rey no se atrevía a llevarle la contraria. “Es demasiado bueno y demasiado tonto”, decían de él los sufridos habitantes de aquel pequeño país que llevaba años sin domingos. Un día, el consejero real le dijo al rey al oído, para que no se enterara la reina:
– Alteza, tenemos que hacer algo. Si este país continúa sin domingos, la gente enfermará de tanto trabajar sin descanso y nos quedaremos sin campesinos, sin panaderos, sin sastres...
– ¡Y qué puedo hacer yo ante la reina! Si no me atrevo ni a darle los buenos días cada mañana...
– Alteza, si me lo permite, quizá yo pueda hacer algo. Me han dicho que en las montañas habita un anciano que tiene más de cien años y que es muy sabio. A lo mejor él nos puede ayudar.
– Si es tan sabio, seguro que se le ocurre algo para que la reina devuelva los domingos al país. Ve a verle y dile que seguiremos sus consejos al pie de la letra.
Esa misma noche, el consejero, acompañado de la Guardia Real, abandonó el palacio rumbo a las montañas. Fue un viaje largo y tortuoso, pero cuando el sol del amanecer comenzaba a asomarse entre los picos montañosos, el séquito real vislumbró al fin la cueva del anciano sabio. El consejero ordenó a la guardia que se alejara unos metros de la entrada de la cueva, para que nadie pudiera escuchar su conversación, y penetró en la pequeña gruta. El anciano sabio, cuyas blancas barbas eran tan largas que incluso se arremolinaban en el suelo y le servían de cojín, le dijo:
– Pasa, consejero real, te estaba esperando.
El consejero, sorprendido por esas palabras, se acercó al anciano con timidez y se sentó frente a él.
– No hace falta que me expliques nada. Como soy sabio, lo sé todo. He estado pensando toda la noche y creo que tengo la solución. El consejo que te voy a dar deberás guardarlo en tu memoria para transmitírselo al rey, pues no puede ser escrito. ¿Estás preparado para escucharlo con atención?
El consejero asintió con la cabeza y cerró los ojos para concentrarse mejor. Entonces el anciano comenzó a recitar estos versos:
Si la maldad anida en la reina
y no quiere los domingos como fiesta,
serán los que no descansen quienes protagonicen la gesta.
Que la reina deje de ser reina
durante tres semanas sin luna llena,
que labre la tierra sin descanso
y sin que nadie le haga la reverencia.
El cuarto domingo habrá luna llena
y el país celebrará su fiesta.
Entonces, la reina que dejó de serlo
volverá a ser reina pero, además, buena.
El consejero memorizó el consejo del anciano e incluso se lo repitió en voz alta, para segurarse de que no se dejaba ninguna palabra.
– Cuando llegues a palacio –le dijo el sabio–, recita en voz alta ante el rey lo que te he dicho y dale a la reina esta pócima que he preparado. Caerá en un profundo sueño que os permitirá seguir al pie de la letra mi consejo. Y no te diré más.
El consejero le dio las gracias al anciano y abandonó rápidamente la gruta. Montó en su caballo y dio la orden de partir a la Guardia Real. De noche salieron del palacio y de noche llegaron a él. El consejero le recitó al rey los versos del sabio y el monarca se llevó las manos a la cabeza.
– ¿Eso quiere decir que debemos convertir a la reina en súbdita?
– Sí, Alteza, pero es nuestra última oportunidad. El sabio lo sabe todo y nunca se equivoca.
El rey, no sin miedo, accedió a llevar a cabo el plan propuesto por el sabio de las montañas. Aquella misma noche, ordenó a la doncella de la reina que vertiera la pócima en el vaso de leche que ella se tomaba antes de dormir. Y así lo hizo. La esposa del rey quedó sumida en un profundo sueño. Entonces, el consejero le ordenó a la doncella:
– Vístela con tus ropas de faena. Después, que dos soldados de la Guardia Real la introduzcan en un carruaje y la lleven a los campos de siembra. Cuando amanezca, que la dejen allí y regresen a palacio inmediatamente. El tiempo hará el resto.
Las órdenes del consejero fueron cumplidas sin rechistar. Al amanecer, cuando los campesinos empezaron a faenar en el campo, se encontraron con una mujer vestida con ropa de labriega y que estaba dando alaridos en medio del campo.
– ¿Pero qué es esto? ¿Dónde estoy? ¡Que venga la Guardia Real inmediatamente!
Una campesina se acercó hasta ella y le preguntó:
–¿Qué te pasa, buena mujer?
– ¿Buena mujer? –gritó la reina con los ojos llenos de ira–. ¡Soy la reina, estúpida! ¡Póstrate ante mí!
–¿Tú, la reina? ¡Ja, ja, ja! –se rió la campesina–. ¡Venid, venid aquí! –gritó a los demás campesinos–. ¡Esta loca dice que es la reina!
– Si fueras la reina –dijo otro– ahora mismo te dábamos un buen remojón en el río, por malvada. Pero como no lo eres, y si quieres comer hoy, ya te puedes poner a trabajar, como todos nosotros.
– ¡Pero cómo te atreves a hablarme así! ¡Te haré encerrar en las mazmorras!
Los campesinos se echaron a reír al unísono. De repente, vieron cómo se acercaban a caballo el consejero y su séquito.
– ¿Qué pasa aquí? –preguntó con semblante serio el asesor del rey.
– ¡Eso es lo que me pregunto yo! –contestó la reina–. Llevadme a palacio ahora mismo. ¡Os juro que rodarán cabezas por esto!
– ¡Qué tonterías dices, ilusa campesina! Ponte a trabajar ahora mismo si no quieres que te encierre a ti en las mazmorras por insultar a la reina. ¡Dadle un arado con dos bueyes y que comience ahora mismo!
La reina, que ahora ya no lo era, no daba crédito a lo que estaba oyendo y comenzó a gritar enfurecida. Pero el consejero, disimulando su risa, se alejó del lugar haciendo caso omiso a sus chillidos desesperados. Los campesinos no tardaron ni dos minutos en colocarla tras dos bueyes y darle un empujón para que comenzara a guiar a los dos animales por los surcos del campo. Pronto comprendió la mujer que era inútil seguir quejándose, porque nadie le hacía caso. Se consoló pensando que estaba soñando y que pronto se despertaría de tan terrible pesadilla. Pero transcurrieron las horas y todo seguía igual. Al mediodía, la reina-campesina estaba tan cansada que dejó el arado y se tumbó en el suelo a dormir. De repente, unas voces la despertaron:
– ¡El rey! ¡Es el rey! –.
En efecto, la reina vio que el rey se acercaba hacia ella.
– ¿Qué haces holgazaneando, campesina? –le preguntó desde su caballo blanco–. ¿No sabes que la reina ha prohibido que se descanse?
– ¡Esposo mío! ¿No me reconoces? ¡La reina soy yo!
– ¡Guardia! Llevadla a las mazmorras por lo que acaba de decir esta deslenguada –ordenó el rey.
La reina, al darse cuenta de que ni siquiera su esposo la reconocía y viéndose perdida, no tuvo más remedio que implorar su perdón.
– ¡No! ¡No, por favor, Alteza! Me he equivocado. Es que el trabajo es tan duro que me hace desvariar.
– ¿Duro? ¡Menuda vaga estás hecha! –exclamó el rey–. Por esta vez te perdono, pero no quiero verte descansando, ¿entendido?
La reina se quedó en silencio mientras las lágrimas caían de sus ojos como manantiales. El rey se alejó riendo y murmurando en voz baja: “Así aprenderá.”
Pasaron los largos días con sus largas noches para la infeliz “campesina”. Una humilde familia le permitió compartir su techo y su comida, a cambio de que ayudara en las faenas del hogar. Así que, cuando terminaba la jornada en el campo, comenzaba otra tanto o más agotadora: fregar cacharros, hacer la colada, barrer el suelo... Al final del día, la reina-campesina acababa tan agotada que ni siquiera se desvestía para dormir. Se quedaba traspuesta incluso secando las cazuelas, o barriendo el suelo y apoyada en el palo de la escoba.
– Pero, ¿es que no hay ni un día de descanso en este país? –preguntó un día a una mujer mientras ambas esparcían el grano por un campo.
– Díselo a la malvada de la reina, que nos ha quitado los domingos y estamos cada día más enfermos de puro agotamiento.
“¡Qué mala he sido con mis súbditos!”, pensó la reina. “ Y lo peor es que ya nunca podré arreglar el mal que les he hecho, porque jamás podré volver a ser reina. Nadie del palacio me reconoce como tal.”
Pero, por suerte para ella, ese día era el tercer domingo sin luna llena. Y en el palacio real el rey y el consejero ya estaban preparando la vuelta de la reina a su trono.
Aquella misma noche, cuando la reina-campesina dormía en su camastro, dos soldados de la Guardia Real entraron sigilosamente en la casucha donde vivía y se la llevaron en volandas a su carruaje. Dentro de él estaba su doncella, que le quitó sus harapientos ropajes y la vistió con un precioso camisón de seda con lazos azules de satén. Poco tiempo después, el carruaje entraba en palacio. La reina fue llevada a su cama real, en donde siguió durmiendo plácidamente hasta la mañana siguiente. Cuando se despertó, el rey entraba en ese instante en su aposento.
– ¡Oh, esposo mío! No sé si lo he soñado o ha sucedido en realidad, pero he sido mala, muy mala, contigo y con mi pueblo. Me he dado cuenta de lo malvada que he sido con todos vosotros, pero ahora tengo una segunda oportunidad.
– ¿Ah, sí? ¿A qué te refieres? –le preguntó el rey simulando no entender sus palabras.
– A partir de ahora, no sólo será fiesta todos los domingos, sino también los sábados. Y durante esos dos días, nuestro país será un paraíso donde reine la alegría, la buena comida y la buena bebida. En cuanto a ti, esposo mío, perdóname. Seré la mejor de las reinas. Para celebrarlo, daremos mañana una gran fiesta en palacio para todas las gentes del país.
– ¡Me parece estupendo! –le contestó el rey gordo y bonachón dando saltitos de alegría.
Y así fue. En el palacio real hubo tal fiesta que fue envidiada por los reinos más ricos del planeta, y a ella acudieron los príncipes y los campesinos, los ancianos y los niños, los ciegos y los cojos. Corrieron el champán y los manjares. Hubo música y baile. Mientras la reina conversaba con sus súbditos, el rey y su consejero estaban tan contentos que cantaban en un rincón, mientras bebían de sus copas:
El cuarto domingo con luna llena
el país celebrará su fiesta
y la reina que dejó de serlo
¡volverá a ser reina y, además, buena!
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